Cassandra S. Barlow
Donde las sombras cuentan secretos

Mi nombre es un homenaje a Casandra, el antiguo oráculo que rechazó el amor de Apolo y fue condenada a ver futuro… y a que nadie la creyera.

Como Cassandra, soy tejedora de historias, intento siempre ver más allá de las apariencias y, por ello, en más de una ocasión he encontrado situaciones donde la luz y las sombras libran una guerra silenciosa.

Desde muy pequeña he sentido una atracción fatal por los secretos que cuentan las sombras.

Conocí a la primera cuando tenía cuatro años.

Se sentaba a los pies de mi cama y contaba historias maravillosas de una isla mágica.

Una noche, me regaló una flor muy especial: parecía una rosa, pero sus pétalos tenían un color rojo tan profundo que eran casi negros. 🌹

Como la sangre.

Dijo que se trataba de una flor única que solo se regala a personas especiales y que simbolizaba el amor eterno, incluso más allá de la muerte.

Días después, en la guardería, la profesora nos pidió que pintáramos una flor para nuestras madres. Todos mis compañeros corrieron a por las témperas. Rojas, amarillas, verdes…

Nadie escogió el color negro, claro. Excepto…

Yo.

Porque quería pintar una flor muy especial para mi madre, a la que quería más que a nada en el mundo.

Una flor negra 🌹

De una isla mágica.

Mi profesora no lo entendió y llamó a casa. Según ella, algo me pasaba.

¿Estaba deprimida? ¿Tenía algún problema?

Y yo me asusté. ¿Había hecho algo malo? ¿Por qué mi profesora no entendía que mi flor era una muy especial? Única.

Cuando mi madre vino a buscarme, yo lloraba, desconsolada.

Hablamos de la flor y de mi sombra. ¿Cómo era aquella sombra? Alta, delgada, elegante.

¿Cómo vestía? Abrigo largo y un sombrero.

¿Cómo se llamaba su isla mágica? Cuba.

Mi abuela, que había entrado en la cocina en ese momento, puso el grito en el cielo. Y discutieron.

Fue mi abuelo, otro tejedor de historias, el que habló de mi sombra: el bisabuelo. Había vivido un tiempo en Cuba, con su esposa y sus tres hijas. Mi abuela era la mediana.

Su patrona tenía una hacienda y un precioso jardín donde cultivaba unas flores muy peculiares.

Sus pétalos eran de un color rojo tan profundo que casi eran negros 🌹

Como la sangre.

Allí mi abuela aprendió ciertos rituales.

Uno de ellos requería de esas flores mágicas.

Flores que despertaban la magia en las brujas.

En mi adolescencia fui aprendiendo aquellos rituales, creencias ancestrales que se hundían en las raíces de mi familia.

Y al crecer, las sombras siguieron visitándome y contándome sus secretos.

Por eso estoy tejiendo esta historia y muchas otras.

Si disfrutas las noches en vela, las cartas misteriosas, los pactos prohibidos y los destinos marcados por el fuego, has llegado al lugar correcto. Y si quieres disfrutar de una de mis historias, viajar al Londres de 1890 y enfrentarte a un misterio y la magia de ciertos seres especiales…

Déjame tu email y te la mando.

Nos vemos en las sombras