¿Elegancia o prisión?

Ay, los corsés.
Son tantas cosas, los corsés…
Símbolo de elegancia.
Objeto de tortura.
Aliado de la postura.
Prisión del cuerpo.
Lo cierto es que pocas prendas dividen a la opinión pública tanto como el corsé.
Hay damas (y caballeros, pero ellos no tienen que llevarlos, aunque algunos lo hacen y les quedan divinos) que los defienden con pasión:
“Eran cómodos»
«Ayudaban con la postura, incluso son buenos para evitar deformaciones óseas».
«Podías hacer cualquier cosa con ellos: montar a caballo, esgrima, robar las joyas de la Torre de Londres…».
Y hay quien los recuerda con un escalofrío:
“Deformaban costillas, desplazaban órganos, impedían respirar. ¿Por qué crees que se desmayaban tanto?” (por los compuestos de perfumes y cosméticos, pero ya hablé de ello en un artículo anterior…).
«Intenta dar a luz con esa cosa puesta».
«Las mujeres pobres se los quitaban para trabajar, por algo sería…».
Ambas cosas pueden ser ciertas.
Depende de quién lo llevara… y por qué.
En la época victoriana, no todos los corsés eran iguales.
Los de la alta sociedad eran más rígidos, ceñidos, decorados con encajes, ballenas de alta calidad y cintas imposibles.
(Victoriano = ¡Cintas y lazos por todas partes!)
Se llevaban por estética, por protocolo, por exigencia social.
¡Ah, detalle importante!
Se hacían a medida…
Los de las mujeres trabajadoras eran más cortos, más ligeros…
Pero no necesariamente más amables.
A menudo estaban hechos de materiales ásperos.
Y se llevaban durante jornadas extenuantes.
(Y si eras lavandera, carbonera o trabajabas en el puerto… no llevarías un corsé, sino una especie de corpiño rígido que mantuviera a las «gemelas» en su sitio y la ropa bien estirada).
En ambos casos, el corsé moldeaba algo más que la cintura.
Moldeaba el silencio.
La obediencia.
El aire que podías permitirte tomar.
Algunas mujeres se lo apretaban a propósito,
para parecer más bellas y delicadas.
Otras soñaban con quitárselo para siempre.
Pero todas sabían lo mismo:
Cuando te atenazan el pecho, el cuerpo no puede respirar.
A veces, lo que no entra en el corsé
…es la rabia.
O la libertad.
Charlotte lleva corsé.
Por supuesto que lo lleva.
A diario.
Incluso cuando su mundo se tambalea.
Porque hay batallas que se libran sin perder el decoro y la elegancia.
Y porque hay mujeres que saben lo que significa llevar aprisionada el alma.
Pero hay un momento en el que puede correr por las calles libremente, sin corsé, sin ataduras. ¿Recuerdas cuándo?
¿Y tú?
¿Te lo quitarías bajo la luz de la luna, en el Jardín de las Luciérnagas?
¿O lo llevarías con orgullo, como una armadura brillante?
En Sombras tras el Velo, el corsé puede que apriete… pero no puede contener el fuego.
👉Lee la historia completa: EN EL CORAZÓN DE LA NIEBLA
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¿Y tú?… ¿hay alguna prenda que hayas sentido que te da poder? ¿Confianza? ¿Que te agobia como una prisión de tela?
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Prometo no asfixiarte con un corsé si lo haces… jajaja